Reflexión #6

SINCERIDAD

Cuando estaba más o menos en cuarto año del colegio, alrededor de los 14 años, teníamos una clase llamada Valores. En ella nos enseñaban los “ valores” que, en teoría, todo ciudadano debía desarrollar para llegar a ser un ser humano íntegro, consciente de convivir en sociedad, tomar decisiones correctas y aportar positivamente al mundo que lo rodea.

Donde yo estudiaba era una institución religiosa, así que la clase de Valores se tomaba con mucha seriedad. Y debo ser honesta: lejos de hacerme sentir “mejor”, esa materia me confrontó. Me ayudó a reconocer cuán imperfecta era y a aceptar que, en el fondo (hasta el día de hoy lo recuerdo), no estaba siendo completamente honesta ni leal conmigo misma. Mi corazón me lo decía, pero yo por orgullo no quería aceptarlo.

Tengo solo una vaga idea del contenido específico de esas clases; han pasado muchos años desde entonces. Sin embargo, recuerdo que no era fácil reconocer que necesitaba poner en práctica ciertos valores que , en lugar de reflejar coherencia, dejaban al descubierto mis contradicciones internas. No porque fuera peor que otros, sino porque había actitudes en mí que no coincidían con lo que decía creer.

Por ejemplo, la hipocresía. Recuerdo una ocasión en la que mi mejor amiga apenas podía mirarme bien mientras estábamos hablando en esta clase sobre la “hipocresía” y lo malo que nos hacía a los hombres que la abrazaban (este era un antivalor) aunque por fuera intentábamos actuar con normalidad , porque habiamos tenido una situacion incomoda horas antes, muy dentro de mi sabía que la culpa era solamnete mía. No estaba siendo sincera, ni con ella ni conmigo misma, no podía quedar expuesta . Y sí, éramos muy jóvenes, pero este problema parece ser que no tiene edad.

Como adultos responsables aún andamos por la vida tratando de ser muy fuertes y perfectos para no quedar derrotados ante un mundo lleno de prejuicios, llamémoslos sociales, culturales o religiosos. Y casi siempre no somos honestos no con otros ni con nosotros mismos, porque frente a Dios todo queda al descubierto. Él sí ve nuestra verdad, nuestras luchas y nuestra vulnerabilidad, y aun asi nos ama, sin necesidad de máscaras.

Y en estos días me atreví a ser sincera conmigo misma y a soltar un poco la apariencia que, muchas veces, la religión nos hace cargar: la presión de “ estar bien siempre”, de no mostrar grietas, quiebres, emociones, por temor al que dirán o a decepcionar a otros con nuestra humanidad. Dios sabe que somos “POLVO”.

Ese día que escribí lo que estás por leer al final, me levanté más sensible, incluso triste. No sé si fue porque el cielo estaba gris o porque la melancolia decidió visitarme. Y aunque, por lo general, soy una persona positiva —sí, uso esa palabra, aunque la religión a veces dice que no debe ser esa sino otra, ya que la suelen asociar con corrientes humanas de autoayuda—. Yo creo que el problema no es la palabra en sí. El problema es desde donde nace esa positividad (pero bueno , este no es el tema). Soy alguien que camina sostenida por la fe y a quien la alegría suele acompañar casi siempre, ese día no fue asi. Te ha pasado?

Y aun sabiendo que algunos podrían pensar o decir: “Pero tú eres una mujer de oración, una mujer de fe, una mujer que ayuda a otras mujeres”, también me siento mal , también me dan mis rabietas internas. Y reconocerlo no me hizo menos espiritual, me hizo más humana.

Me permití sentirme asi, sin culpa ni máscaras. Reconocí la tristeza y la melancolia, pero no les di permiso para quedarse por mucho tiempo. Sentir no es rendirse; es reconocer el estado del alma y decidir, con intención, hacia dónde dirigir el corazón.

Y desde ese lugar (mi carro), sin filtros ni defensas, muy sincera conmigo misma, escribí lo que mi alma necesitaba decir :

Y de repente amaneces un día con todo revuelto, con la señorita tristeza visitando tu alma. Nadie le avisó, nadie le pidió que viniera, y aun asi llegó… puntual, silenciosa, inevitable.

No llegó sola

Trajo consigo a dos viejos conocidos: la memoria de la infancia y la herida de los sueños inconclusos. Porque pasa que soñamos, esperamos, idealizamos y seguimos esperando, pero la vida a veces no lo concede.

EL sol salió, el reloj avanzó

la gente siguio viviendo… y entonces me pregunté

¿A quién le importa ese nudo en el pecho?

Quizás solo a mí y a ese DIos que no veo pero del que estoy segura que esta observando en silencio, sosteniendo todo sin ruido.

La vida —empredecible— y su inseparable amigo, el tiempo.

No preguntan nunca si estamos listos.

© Ruth Abarca Anton | Todos los derechos reservados.