Reflexión #7

Una familia sana y unida no es casualidad: tiene un precio.

Los que han leído mi libro recordarán que crecí sin papá, solo con mi mamá y mi hermana mayor. Ellas fueron testigos de mi crecimiento , por fuera…y por dentro quizás no del todo.

Ellas eran mi familia.

Para mí, ese era el modelo de familia muy normalizado y aceptado por todos.

Y lo sigue siendo, porque fue y es amor, fue y es esfuerzo y fue y es refugio.

Pero también entendí y aprendí, con los años, que no era el diseño original que Dios soñó para el ser humano. Él tenía otro plan y ese plan era perfecto.

De niña nunca pude disfrutar a mi papá.

Nunca supe lo que era sentarme en sus piernas con libertad.

Nunca pude pedirle que me comprara un helado sin que la vergüenza me apretara el corazón.

Crecí con amor, sí… pero también con vacíos que no sabía nombrar.

Hoy que tengo cuatro hijos, un esposo, y la certeza de que mi familia ha sido un regalo de Dios, puedo apreciar y entender mucho más algo que antes no veía:

Mantener una familia unida y sana siempre tiene un precio. Si queridos, lo tiene.

Porque no es fácil.

No es ligero.

No es un Edén lleno de perfección constante.

Es un lugar donde se ama cuando estás cansada y aún cuando no tienes ganas de hacerlo, por los tantos motivos que se presentan en contra.

Es un lugar donde se perdona cuando el orgullo quiere hablar. Dónde se elige quedarse cuando las emociones quieren huir.

Una familia sana no se sostiene solo con amor bonito, sino con decisiones diarias, con paciencia, con mucha fe y humildad…

y muchas veces, con lágrimas que nadie ve. Bueno, Dios sí las ve.

Ahora entiendo que lo que de nina me faltó, hoy Dios me ha permitido construir contra vientos y mareas que parecían que nunca se serían.

Y precisamente porque sé lo que duele la ausencia, valoro más que nunca la presencia.

Sí, tener una familia unida y sana tiene un precio que no todos ven…

pero que al final hay una gran posibilidad de decir : valió la pena.

No huyas cuando todo va mal.

No huyas cuando sientas que no puedes más.

No huyas aunque el cansancio te grite que sueltes.

Porque las familias fuertes no se construyen en los días fáciles,

Se forman en las conversaciones incómodas,

en los perdones que cuestan,

en las decisiones que duelen hasta el alma,

y en el amor que se queda…aun cuando sería más sencillo irse.

Lo que hoy parece sacrificio, queridos, mañana será legado.

Yo no tuve ese modelo…pero decidí construirlo.

¿Y tú? Estas huyendo… o estas construyendo?

© Ruth Abarca Anton | Todos los derechos reservados.