El vacío detrás de la gloria.

Reflexión #3

Existe un pasaje bíblico que es favorito por muchos (me incluyo) y dice asi: ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero,si pierde su alma? Mateo 16:26.

La primera vez que lo leí me confrontó. Me obligó a detenerme y reflexionar, y ya sabes (si has leído mis escritos) que digo que lo leí varias veces para entenderlo y saborear su profundidad. Pensé en mis metas, en esta tierra y sobre la fama de muchos. Tenía sueños muy ambiciosos y estaba dispuesta a alcanzarlos y hacerlos realidad. Quería llegar lejos, subir a la cima que me atraía al tan deseado éxito. Pero ahí pensé: ¿Cómo puede ser que un libro que muchos llaman “religioso”, hasta palabras tan reales y confrontantes, tan profundas y tan humanas? como si este libro ya supiera lo que esta en el corazón del hombre. Porque es verdad: casi siempre perseguimos fama, riquezas, posiciones, posesiones, un nombre que sea recordado y más… y en ese afán, muchas veces nos arrastamos a competir, a compararnos, a querer ser más que otros.

Yo lo viví, quizás no literalmente, pero pasé por ese sesgo. Desde pequeña soñaba con ser alguien superior, alguien que brillara, que no pasara por desapercibida. Recuerdo jugar a que me entrevistaban medios de comunicación como si fuera una persona muy importante en la tierra o también jugaba que era presidenta de la república de mi país ( Ecuador) , parada sobre una roca muy grande que había frente a mi casa y desde ahí anunciaba a toda una nación imaginaria los grandes cambios que iba a hacer, y mis primos me aplaudían ( los que llegaban al juego). Me encantaba imaginar eso.

Te pregunto: ¿Lo has sentido tú también? No creo ser la única. Todos llevábamos dentro esa semillita de grandeza, ese deseo de ser importante, de dejar huella. Hoy sonrió al recordar esos juegos de niña, porque aunque no sea la Presidenta de la República o algún personaje famoso, Dios me ha regalado entrevistas gracias a mi libro. Y sí, amo hablar, amo compartir, amo la gente, y no me incomoda nada de eso. Pero la diferencia ahora ya más madura en todos los aspectos y conociendo un poco más a Dios es que tengo el corazón claro y casi sano ( siempre estamos sanando) : sé que todo lo que alcance en esta vida será solo porque Dios lo permite y lo aprueba, y que estoy aquí con un propósito mayor que mi propio brillo.

Aprendí que la verdadera grandeza y éxito humano no se mide por los aplausos ni por un nombre reconocido o por cuántos seguidores tienes en tus redes sociales, sino por un alma saciada en Dios. El éxito sin El vacía, pero con El…hasta lo pequeño brilla en los ojos y corazones de aquellos que conocen esta verdad.

Esa parte dentro de nosotros que a veces quiere traicionarnos con orgullo, porque todos la tenemos de una u otra forma, pero se puede someter a Jesús, por medio del reconocimiento y así poder entregarlo. Cuando lo haces, la paz y el orden divino te alcanzan. ¡Es muy refrescante!

Mucha gente no se da cuenta de que alcanzar el éxito o poseer cosas materiales de mucho valor puede ser peligroso para el alma si no está conectada con Dios, el verdadero dueño de todo. Si no involucras a Dios en todo lo que tienes y todo lo que haces, la fama y fortuna pueden estar dañando invisiblemente tu alma y al final, nada de lo que el mundo da podrá redimirlo. Tristremente…

ORAMOS? Señor, Dios eterno, hoy rindo delante de ti todo aquello que hace secar mi alma, todo orgullo y toda búsqueda vacía. Lléname con tu agua viva, sacia mi sed y enséñame a buscar el verdadero éxito que solo en Ti permanece.

Amen

© Ruth Abarca Anton | Todos los derechos reservados.

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